17 de julio de 2009

Escribir a dieta

Por Juan Villoro

Hace años, en todos los periódicos trabajaba un gordo dedicado al arte de corregir la puntuación. Mientras otros sudaban en el lugar de los hechos, él leía con ojos de cazador. De tanto en tanto, chupaba un lápiz como quien prueba una golosina y tachaba un gerundio.. No necesitaba consultar diccionarios porque había engordado a fuerza de adquirir palabras.

El corrector obeso era la versión extrema del periodismo sedentario. Su cuerpo expresaba autoridad. Aunque odiáramos sus enmiendas, lo veíamos como a un Buda cuyo paradójico don consistía en suprimir el adjetivo que tanto nos gustaba.

En un diario español conocí a uno de esos gordos, que además tenía el tino de apellidarse Grasa. Nadie se burlaba de él. Su nombre parecía heráldico, digno de su especialidad.

Los correctores perdieron importancia desde que la computadora prometió hacer esa tarea. El gran gordo desapareció mientras las redacciones se llenaban de gorditos.

Los reporteros se ejercitan menos; ya no persiguen las noticias a pie, sino que las buscan en las pantallas.
Un oficio de flacos (recordemos al periodista famélico dibujado por Abel Quezada) se ha convertido en una tarea donde la barriga ya no es exclusividad del corrector en jefe.

Internet ha traído numerosos cambios culturales. No vamos a demonizar aquí algo bueno e inevitable, como la lluvia o el teléfono, pero es un hecho que los inventos ponen nerviosa a la gente. La fotografía anunció el fin de la pintura, el cine el fin de la fotografía, la televisión el fin del cine y la computadora el fin de la televisión. El resultado suele ser el opuesto. Cada nueva tecnología prestigia a la anterior: el plástico ennoblece al vidrio, el vidrio al bronce y el bronce a la piedra.

Las fotos polaroid, que parecieron el non plus ultra de lo moderno, acaban de desaparecer para siempre, convirtiendo a sus cultores -de Andy Warhol a David Hockney- en artistas de una edad pretérita.

Dentro de 50 años será imposible encontrar un sistema operativo para leer un CD con la información que hoy podemos grabar. En cambio, se leerán libros caligrafiados hace 2 mil años.

Internet refrendó la fuerza de la cultura de la letra. No podemos vivir sin escritura. La constelación que una vez se trazó con tinta de calamar, ahora brilla en nuestras pantallas.

Sin embargo, ante la galaxia Google, el periodismo impreso ha tenido un ataque de ansiedad. En vez de realzar sus recursos, imita los ajenos. Como la información en línea es muy solicitada, los periódicos tratan de parecer páginas web (menos letras, más imágenes, tips que simulan ser links...).

La reacción debería ser la contraria. Si en la pintura el abstraccionismo mostró lo que no puede hacer la fotografía, el periodismo impreso debería ofrecer lo que no funciona en la red: textos larguísimos para gente que conoce la calma. El periódico italiano La Reppublica es un buen ejemplo al respecto. Se lee al ritmo que impone el papel. Hace poco, uno de sus temas de portada fue la descripción de un beso. Es cierto que el autor era Orhan Pamuk, pero pocos diarios lo hubieran considerado digno de primera plana.

Lo curioso es que mientras se reduce el periodismo de investigación y se eliminan suplementos, las revistas ganan adeptos, demostrando que hay gente dispuesta a leer textos más extensos que los de las cajas de cereales.

La red se ha convertido en su propio tema: es el horizonte de los acontecimientos. En vez de acudir al lugar de los sucesos, el reportero vigila la realidad virtual. Como todos pueden llegar ahí, la competencia se basa en la homologación. El triunfo de conseguir algo único es menos decisivo que la derrota de perder lo que los demás consiguieron. La novedad tiene un criterio estándar.

Otro efecto secundario de internet es la disminución de corresponsales extranjeros. La red es una plaza sin patrias donde se intercambian datos de todas partes. Los enviados especiales se han vuelto caros y en cierta forma desconfiables: ven de manera peculiar un mundo que aspira a la norma.

Para colmo, en muchas ocasiones el reportero debe escribir un texto aplicable a varios formatos (el periódico impreso, la información en línea, el boletín de radio o televisión). Por lo tanto, ofrece una materia neutra donde los giros personales se evitan como grumos en el arroz con leche.

El periodismo sin señas de identidad permite que alguien comente: "ese texto es demasiado literario". La frase debería ser tan rara como la de un chef que dijera: "ese guiso es demasiado gastronómico". Casi siempre, la objeción se refiere a que el texto es complicado. La claridad es un requisito de la prensa (el desembarco en Normandía no se puede comunicar como un poema dadaísta), pero el miedo a la diferencia ha llevado a renunciar a los adverbios y los adjetivos.

Al alejarse de su esencia, la prensa escrita pierde lectores en todas partes. Mientras los periódicos adelgazan, los periodistas engordan.

No será por mucho tiempo. No hay vida sin historias. Nada más urgente que la crónica de un beso.

Gracias, A.C.

7 comentarios:

San Gordelius dijo...

JD Salinger desembarcó en Normandía...

En uno de sus cuentos el personaje es un soldado estadounidense en la SGM.

Omi C. Jordá dijo...

El desapego a las raíces es una cuestión tan común como el avance popularizado. No la tildaría de "natural", pero debo decir que es ahí, en esa diyuntiva entre el pasado y el futuro, que llamamos presente (q al fin y al cabo es la única realidad) donde podemos encontrar lo que nos identifica.

Me encantó tu nota. Si te interesa podés visitar mi blog en http://omarjorda.blogspot.com/

Saludos

JuanCO dijo...

Brillante.
Muy bueno.

M & M dijo...

Muy lúcido el texto de Villoro, como la mayoría de las reflexiones que le he leído sobre el oficio periodístico.

Anónimo dijo...

Acá dejo un post de Ramón Lobo.
Salud... os.
Andrés.


Periodismo, princesas, dinero y Enrique Meneses

Hay gente que hoy se hace periodista porque desea ser princesa (llegan tarde). Otros, por algún tipo de deformación quieren ser editorialistas cuando se trata de un trabajo delicado que exige mucha experiencia, conocimientos y capacidad, algo que a veces se logra con los años. También los hay que llegan para ganar dinero a espuertas y están dispuestos a vender su alma y su honorabilidad. El mundo actual parece hecho para ellos. Ejemplos de cambio éxito a cualquier precio los hay en todas las profesiones y algunos bien sonoros como el Bernard Madoff, a quien antes de delincuente se le llamaba mago de las finanzas.

Prefiero los estudiantes que entran en esta profesión empujados por la ilusión de contar historias de forma honesta. De ellos depende la recuperación de las esencias. Pero no siempre hay mirar a los más jóvenes en espera de la redención, pues, a veces, la esperanza está en los más viejos, en los maestros, en los que jamás se rinden, como Enrique Meneses, uno de los grandes en nuestro oficio. ¿Habéis leído su libro Hasta aquí hemos llegado? Obligatorio para los que empiezan, para los que siguen en la brecha pero presos de una cierta melancolía y para los que salieron a respirar fuera, como Bru Rovira y tantos otros.

El padre de Enrique Meneses era periodista (fue corresponsal del New York Herald Tribune en España en 1925, corresponsal de guerra en el frente del Este del lado alemán y creó la Agencia Prensa Mundial en París) pero se empeñó que su hijo fuese un hombre de provecho, como se decía, y que estudiara una carrera seria: Derecho, que creía útil para llegar a diplomático. Para lograrlo prohibió a su agencia comparar reportajes de su hijo. En aquella agencia trabajaron Carlos Sentís, Álvaro de Laiglesia, Julián Cortés Cabanillas, Gregorio Marañón Moya, César González Ruano… ¡Buen plantel de becarios!


Pero el joven Enrique ya manifestaba en aquella edad la misma tozudez que le ha acompañado toda su vida. Su primer texto periodístico pagado fue sobre Manolete. Cuando tuvo noticia de la grave cogida del diestro, tomó un taxi y viajó de urgencia hacia Linares. Cuando llegó la historia era más grave: la muerte del torero y el nacimiento de la leyenda. Era el 28 de agosto de 1947. Le pagaron 150 pesetas a pesar de que entrevistó a Jiménez Guinea, el mejor cirujano de toreros. El taxista, por ser manoletista, le hizo un precio de amigo: 400 pesetas. Ese día comprendió que esto del periodismo no es un buen negocio.

Este primer reportaje ruinoso y algunos problemas con el régimen (Arias Salgado), que le cerró su recién creada Prensa Universal por haber tenido de colaborador a Jesús Galindez exiliado vasco en Nueva York y representante del Presidente Aguirre del PNV, le empujaron a viajar. Primero Egipto, antes de la guerra del canal de Suez de 1956, donde fue corresponsal de Paris Match, y después a Sierra Maestra con Fidel y Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y el Che… Bueno, mejor léanlo en su libro. Es una lección de vida, periodismo y humor.

Han pasado 62 años y allí sigue, tenaz con su blog, sin ganar un euro pero sí merecidísimos premios como el Miguel Gil en 2009, y sin entregar la bandera del fuerte. Gran ejemplo, maestro.

Anónimo dijo...

Una delicia. Sergio gracias por cargarlo, no lo tenía.
Verónica Suppo

Anónimo dijo...

Decile a Lewitt que no mienta. El otro día en el programa Aves de prensa dijo que vos estabas en el Foro de Periodistas en Luz y Fuerza y vos ni figuraste. No estarás con el hondureño Saravia en la frontera. Tartu