7 de julio de 2010
Leila Guerriero y el país de las letras largas
La nota El rastro en los huesos, con la que Leila Guerriero ganó el premio de la FNPI de García Márquez, además de ser un gran texto, tiene una particularidad que nos sirve para pensar hacia dónde sigue yendo el vagón del periodismo. Ya sé que voy a mencionar un aspecto secundario, que lo más importante es la calidad del trabajo de Leila. Hace poco leí su recopilación Frutos extraños, he regalado copias del libro a dos colegas, y no voy a decir nada nuevo si me pongo a elogiarlo junto con su muy buen trabajo anterior, Los suicidas del fin del mundo. Sé que el detalle que quiero resaltar es más propio de un contador: que la nota de Leila supera las 7000 palabras. Tiene, para ser exactos, 7144 palabras. Apareció publicada en Gatopardo, una de las pocas revistas donde sigue teniendo vida la crónica. En Argentina prácticamente no hay publicaciones que acojan textos tan extensos. Una crónica larga para la edición domingo de La Voz, como esta que escribí, tiene 1308 palabras. Una extensa nota de tapa en el suplemento dominguero Enfoques de La Nación, como esta, alcanza 2.800 palabras. El cuerpo central de la principal nota de Clarín del último domingo, tiene apenas 537 palabras, más algunos textos secundarios. Los reportajes de varias páginas que publica los domingos en Perfil su director Jorge Fontevecchia, quizá el texto más largo que se publique en diarios argentinos, suelen superar las 6000 palabras, como este que tiene 6372. El texto en la Rolling Stone criolla con que Josefina Licitra ganó la edición anterior del premio FNPI, tenía 6106 palabras. Son textos para revistas que ya casi no quedan. Cuando se le pide un texto de opinión a un especialista en cualquier cosa, es común advertirle que no supere las 500 palabras, so pena de que la nota sea ajusticiada y sólo se publiquen sus muñones. Cada vez que leo una revista como Gatopardo o Etiqueta Negra, no puedo evitar preguntarme quiénes leen esas notas extensas, tan bien escritas. A veces me contesto que sólo las leemos los mismos periodistas, junto a algunos escritores o un breve círculo de lectores que todavía disfruta con grandes textos periodísticos. ¿Quiénes nos leen cuando escribimos largas investigaciones para la prensa escrita? ¿Quiénes siguen leyendo los editoriales? ¿Quiénes las profundas notas de opinión? El homo videns que anticipó Giovanni Sartori tiene vida real, ya hay toda una generación que sólo viaja por la autopista de lo audiovisual, con paradas en YouTube, que hace touch and go en los mutimedias, mientras los vehículos de vieja generación siguen por las rutas antiguas, llenas de letras, cada vez menos transitadas, donde seguimos poniendo las señales nosotros, la última generación de periodistas formados en prensa escrita. Disfruto muchísimo de las nuevas herramientas digitales. Hacer una investigación sin estar consultando cien cosas distintas en la web hoy me resultaría tan anacrónico como ver tele en blanco y negro, afeitarme con navaja o usar calzoncillos largos. Creo que las nuevas tecnologías sí están haciendo realidad una parte de la promesa de comunicarnos mejor, de propender a cierta igualdad. Creo que el futuro será mejor, aunque el oficio clásico del periodismo desaparezca. Pero aunque los diarios sigan desparramando aroma a tinta en el 2100, ya no van a ser los mismos diarios, el trabajo no será, ya no es, el mismo. En estas cosas pienso cuando leo textos como el de Leila. Tan buenos. Tan largos.
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