Este es mi ranking de la corrupción en la provincia de Córdoba, elaborado en base a informaciones, publicadas o no, que uno va conociendo gracias al laburo periodístico. La nota completa que explica las posiciones, en la última revista El Sur.
1) Poder Judicial.
2) Evasión agrícola.
3) Obras y contrataciones públicas.
4) Registro de la Propiedad.
5) Fuero Anticorrupción.
6) Empleo público: ingreso y ascensos.
7) Cooperativas y mutuales.
8) Servicio de agua potable en la ciudad de Córdoba.
9) Fiscalía de Estado
10) Partidos políticos.
En la nota, con el ricotero título A robar, mi amor, también escriben legisladores cordobeses de tres diferentes partidos, Liliana Olivero, Nadia Fernández y Dante Rossi, que elaboraron sus propios rankings.
Este es el principio de la nota. El resto, en la revista:
¿Para qué diablos sirve elaborar un ranking de la corrupción? ¿Tiene sentido circunscribirlo geográficamente, a la provincia de Córdoba en este caso, como si las prácticas corruptas se distinguieran o cambiaran según las tonadas o los límites políticos? ¿Acaso la corrupción es diferente en Río Cuarto que en Capital Federal o en Manila? Oscar Wilde decía que hablar de "arte inglés" era una expresión vacía de sentido, igual que si intentáramos hablar de "matemáticas bolivianas", como si los resultados de una suma fueran diferentes según la hiciéramos en un país o en otro. Con la corrupción pasa algo similar, existe en todos los países, existió en todas las épocas, ningún país la pudo eliminar jamás ni podrá conseguirlo en el futuro. Pero, lo que han hecho países más organizados, algunos con muchísimo éxito, es mantenerla bajo control.
¿Por qué Argentina sigue siendo un país corrupto? Esto es algo en lo que coincidimos los de adentro y los de afuera. La organización Transparencia Internacional nos ubicó el año pasado en el puesto 109 entre 180 países, o sea, muy lejos de los mejores alumnos de la clase. Claro que se trata de un ranking cuestionable, basado en expectativas de empresarios, que difícilmente dirían, por ejemplo, que Suiza es un país hipercorrupto por dar refugio bancario a dinero sucio llegado de todo el planeta. ¿Eso no se escucha, no? Pero bueno, acá estamos nosotros, en la cósmica cintura sureña, flagelándonos por ser tan cometeros, tan hijos de nuestras madres, tan perdidos, juntando las moneditas para pagar la coima de mañana y pensando que si dejamos de robar dos años, el país sale adelante, como nos alertó un filósofo del gremio gastronómico.
La cuestión de la corrupción se presta siempre para los discursos bobos. Es cuestión de prender la tele, abrir un diario y brota sola la fórmula ponciopilatesca: todos somos corruptos, por eso estamos como estamos. Esta manera de ver las cosas, sirve para que muchos se laven las manos. Si todos somos corruptos, significa que ninguno lo es, y el fatalismo gana la batalla: nunca vamos a cambiar, seguiremos coimeando hasta a los mozos en los casamientos para que no sirvan la pechuga más grande y nos traigan doble ración de helado. Pero, por suerte para nosotros, acá es donde tenemos que hablar de responsabilidades...
¿Por qué Argentina sigue siendo un país corrupto? Esto es algo en lo que coincidimos los de adentro y los de afuera. La organización Transparencia Internacional nos ubicó el año pasado en el puesto 109 entre 180 países, o sea, muy lejos de los mejores alumnos de la clase. Claro que se trata de un ranking cuestionable, basado en expectativas de empresarios, que difícilmente dirían, por ejemplo, que Suiza es un país hipercorrupto por dar refugio bancario a dinero sucio llegado de todo el planeta. ¿Eso no se escucha, no? Pero bueno, acá estamos nosotros, en la cósmica cintura sureña, flagelándonos por ser tan cometeros, tan hijos de nuestras madres, tan perdidos, juntando las moneditas para pagar la coima de mañana y pensando que si dejamos de robar dos años, el país sale adelante, como nos alertó un filósofo del gremio gastronómico.
La cuestión de la corrupción se presta siempre para los discursos bobos. Es cuestión de prender la tele, abrir un diario y brota sola la fórmula ponciopilatesca: todos somos corruptos, por eso estamos como estamos. Esta manera de ver las cosas, sirve para que muchos se laven las manos. Si todos somos corruptos, significa que ninguno lo es, y el fatalismo gana la batalla: nunca vamos a cambiar, seguiremos coimeando hasta a los mozos en los casamientos para que no sirvan la pechuga más grande y nos traigan doble ración de helado. Pero, por suerte para nosotros, acá es donde tenemos que hablar de responsabilidades...






















































































