18 de diciembre de 2011

Fiestas

Generalmente escapo de las fiestas institucionales, empresariales, de todas las fiestas "nales", con sus planeadas espontaneidades, sus plaquetas, sus premios, su alegría a reglamento, sus modos obscenos de comprar años de vidas ajenas disfrazándolos de reconocimientos, sus calculadas domesticaciones, su legitimación de horrores domésticos, su comercio de gratitudes, sus módicas y agradecidas multitudes. Pero hoy la pasé muy bien en una fiesta que podía tener mucho de eso. Estuve con personas muy parecidas a mí, tomé buen vino, me reí y, sobre todo, pude entregarles algo muy valioso a dos personas que quiero. En realidad no entregué nada, fui apenas un intermediario por dos breves segundos de un cartón enrollado que nunca podrá resumir todos los esfuerzos, todos los sueños, todas las puteadas, las noches sin dormir, todo lo que suponemos significa este ritual que llamamos una carrera, un estudio. Una de esas dos personas no me invitó: me obligó a ir. Hasta compré remera y me puse unos zapatos que me sacaron dos enormes ampollas de mierda. La otra persona es parte de un grupo de esos que nos tocan pocas veces, esos capaces de transformar una clase en una breve celebración pese al pizarrón, pese a la avenida doble sentido de las expectativas, pese a los cuadernos. Aprendí a valorarla más un día que contó por acá lo que le pasó una noche de indignación en alguna perdida vereda de Nueva Córdoba. Soy deudor de ambas, y de muchos más con los que también me habría gustado salir en la foto. Eso nada más. No se puede agregar mucho. No se puede agregar más que las palabras mágicas de siempre. Perdón. Felicidades. Y muchas gracias.

0 comentarios: